Hablemos del mal.
Del famoso y temido mal.
Hablemos de que tiene un sinfín de caras diferentes para un sinfín de personas diferentes.
¿Existe el mal en alguien que está a punto de morir?
¿Existe el mal en alguien que acaba de nacer?
"Los niños no son malos, son traviesos", contestan muchos. Y, mientras tanto, los niños aplastan gusanos, apedrean a los perros y se ríen de otros niños. Yo no era traviesa de pequeña, yo era mala. A veces, solo hablaba para herir. Hice llorar a mi hermano sin necesidad de tocarlo y fue una sensación tan extraña que quise repetirla. ¿Disfrutaba de sus lágrimas o del poder de hacerle daño? Jugué con lo más tierno que tenía entre mis manos. Nunca lo insulté y nunca lo amenacé de nada. Fueron tres simples palabras las que le hicieron tanto daño: no te quiero.
-¡No te quiero!-le grité. Obviamente, no era cierto, pero él era aún más pequeño y se creyó esas tres palabras. Me sorprendí al principio cuando las lágrimas empezaron a deslizarse por su rostro redondo. En ese momento, descubrí que le importaba. Y, mientras lloraba, se limitó a decir mi nombre a modo de súplica. ¿Era esa su forma de pedirme amor? ¿Era su forma de pedirme una explicación? No pude dormir aquella noche, me sentía demasiado cruel. Aún así, me enganché a esas tres palabras.
Llegué a disfrazarlas de teodios, pero cada vez eran menos efectivas. A mi hermano dejó de importarle lo que le decía. El niño me contestaba o me hacía muecas. Perdí el poder y la satisfacción. Ya no podía ser mala.
Él probablemente ni se acuerde, pero le pediría perdón un millón de veces. Jamás podría volver a hacerle llorar, jamás podría soltar un te odio a la ligera. No podría volver a hacerle daño sobre todo después de sufrir lo mismo.
Me hicieron daño. Nunca sangré, nunca hubo ni una mísera marca en mi piel, pero lloré. También me mentían mezquinamente solo para ejercer poder. Y me tragaba esas mentiras y al tragarlas me dolían.
-¡No te quiero!- me gritó alguien cuyo amor realmente me importaba. Y ese alguien lo sabía, por eso se aprovechó de mí. Me hizo débil, vulnerable. Me sentí rota y despreciada y sé que le gustaba verme así. Se sentía más fuerte, disfrutaba viéndome sufrir por no tener su amor. De lo contrario, ¿por qué lo hacía? ¿Por qué si me quería seguía haciéndome daño? Supongo que era su forma de sentirse querido. Siendo malo, malo por infligir dolor conscientemente y disfrutar de ello. Tal y como yo había hecho. Pero yo era una niña pequeña, ¿quedo justificada entonces?
El mal no se alimentó de nosotros, nosotros nos alimentamos del mal.
Engordamos nuestro ego, el placer de sentirnos fuertes. ¿Por qué el mal nos hace sentirnos tan poderosos? Destruye, devasta. Nos hace superiores.
Dijimos que tiene un sinfín de caras diferentes y, aún así, todas hacen lo mismo: destruir. El mal que aprieta un gatillo, el mal que juega con los sentimientos, el mal como enfermedad y el mal como raza humana para el planeta Tierra. El mal como niño que humilla a otro niño, el mal como hombre que sonríe ante el sufrimiento, el mal que se disfraza de venganza y odio y el mal como quien se hace poderoso en un trono hecho de cadáveres.
¿Es malo el mal? ¡Claro que es malo el mal! ¿Es necesario el mal? ¡Claro que no es necesario!
Respuestas banales, previsibles. Aquellas que queremos oír.
Pero, si extirpáramos el mal del mundo, ¿qué quedaría exactamente?
¿Es simple bien lo que quedaría?
¿Quedaríamos nosotros?
¿Quedaría bien? ¿Es simple bien lo que quedaría?
Pues bien,
nunca lo sabremos.

Seguimos viviendo con el mal.
Con el famoso y temido mal.




