Llora la niña, mira como llora.
¿Por qué llora tanto la niña? ¿Qué le pasa?
No sé, nadie sabe por qué llora. Dicen que el otro día se encontró con la tristeza y que sintió una pena increíble por ella. Lloraba también, era pequeña y frágil. Tenía la piel azulada y los labios violetas. Estaba sentada al lado del río y la pequeña se preguntó si el agua que corría bajo su figura era fruto de sus lágrimas.
Se acercó a ella temerosa, no quería molestar su llanto pero, a la vez, sentía la necesidad de consolarla. De repente, la tristeza levantó la cabeza y la miró a los ojos. La pequeña se perdió en sus pupilas, podía ver su alma rota y se hirió profundamente. Se humedecieron sus ojos en menos de un instante al descubrir por qué lloraba la tristeza. Jamás dijo qué vio, pero esa mirada la destruyó para siempre.
Así creció entre llantos, demacrada y cansada de tanto llorar. Nadie volvió a arrancarle una sonrisa aunque todos lo intentaran. Se hizo vieja y los surcos en su cara habían sido escarbados por sus propias lágrimas. Antes de morir volvió al río en el que de pequeña había visto a la tristeza y, para su sorpresa, ahí seguía, llorando todavía. Volvió a acercarse, esta vez sin miedo, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, la empujó al agua. Se deshizo entonces, el azul de su piel se fundió con el río y fue imposible distinguir cualquier mínimo rastro de ella. Entonces, la anciana se sentó en la roca que antes ocupaba la tristeza, observó su reflejo y se vio los labios violetas. Era pequeña y frágil, lloraba también. Había perdido toda la vida inmersa en la más profunda pena. Hundió su rostro en sus manos azuladas por el frío y, entonces, escuchó un ruido. Levantó la cabeza y miró a los ojos a la pequeña niña que se acercaba curiosa hasta donde estaba ella. En ese instante, la niña también se echó a llorar.
Nunca nadie acabaría con la tristeza.
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