lunes, 9 de mayo de 2016

Gli orsi hanno solo fame.

Hablemos del mal. 
Del famoso y temido mal.

Hablemos de que tiene un sinfín de caras diferentes para un sinfín de personas diferentes. 

¿Existe el mal en alguien que está a punto de morir?
¿Existe el mal en alguien que acaba de nacer? 

"Los niños no son malos, son traviesos", contestan muchos. Y, mientras tanto, los niños aplastan gusanos, apedrean a los perros y se ríen de otros niños. Yo no era traviesa de pequeña, yo era mala. A veces, solo hablaba para herir. Hice llorar a mi hermano sin necesidad de tocarlo y fue una sensación tan extraña que quise repetirla. ¿Disfrutaba de sus lágrimas o del poder de hacerle daño? Jugué con lo más tierno que tenía entre mis manos. Nunca lo insulté y nunca lo amenacé de nada. Fueron tres simples palabras las que le hicieron tanto daño: no te quiero.

-¡No te quiero!-le grité. Obviamente, no era cierto, pero él era aún más pequeño y se creyó esas tres palabras. Me sorprendí al principio cuando las lágrimas empezaron a deslizarse por su rostro redondo. En ese momento, descubrí que le importaba. Y, mientras lloraba, se limitó a decir mi nombre a modo de súplica. ¿Era esa su forma de pedirme amor? ¿Era su forma de pedirme una explicación? No pude dormir aquella noche, me sentía demasiado cruel. Aún así,  me enganché a esas tres palabras.

Llegué a disfrazarlas de teodios, pero cada vez eran menos efectivas. A mi hermano dejó de importarle lo que le decía. El niño me contestaba o me hacía muecas. Perdí el poder y la satisfacción. Ya no podía ser mala. 

Él probablemente ni se acuerde, pero le pediría perdón un millón de veces. Jamás podría volver a hacerle llorar, jamás podría soltar un te odio a la ligera. No podría volver a hacerle daño sobre todo después de sufrir lo mismo. 

Me hicieron daño. Nunca sangré, nunca hubo ni una mísera marca en mi piel, pero lloré. También me mentían mezquinamente solo para ejercer poder. Y me tragaba esas mentiras y al tragarlas me dolían. 

-¡No te quiero!- me gritó alguien cuyo amor realmente me importaba. Y ese alguien lo sabía, por eso se aprovechó de mí. Me hizo débil, vulnerable. Me sentí rota y despreciada y sé que le gustaba verme así. Se sentía más fuerte, disfrutaba viéndome sufrir por no tener su amor. De lo contrario, ¿por qué lo hacía? ¿Por qué si me quería seguía haciéndome daño? Supongo que era su forma de sentirse querido. Siendo malo, malo por infligir dolor conscientemente y disfrutar de ello. Tal y como yo había hecho. Pero yo era una niña pequeña, ¿quedo justificada entonces? 

El mal no se alimentó de nosotros, nosotros nos alimentamos del mal. Engordamos nuestro ego, el placer de sentirnos fuertes. ¿Por qué el mal nos hace sentirnos tan poderosos? Destruye, devasta. Nos hace superiores. 

Dijimos que tiene un sinfín de caras diferentes y, aún así, todas hacen lo mismo: destruir. El mal que aprieta un gatillo, el mal que juega con los sentimientos, el mal como enfermedad y el mal como raza humana para el planeta Tierra. El mal como niño que humilla a otro niño, el mal como hombre que sonríe ante el sufrimiento, el mal que se disfraza de venganza y odio y el mal como quien se hace poderoso en un trono hecho de cadáveres.

¿Es malo el mal? ¡Claro que es malo el mal! ¿Es necesario el mal? ¡Claro que no es necesario!

Respuestas banales, previsibles. Aquellas que queremos oír. 
Pero, si extirpáramos el mal del mundo, ¿qué quedaría exactamente? 

¿Quedaríamos nosotros?
¿Quedaría bien? 
¿Es simple bien lo que quedaría?

Pues bien,
nunca lo sabremos.


Seguimos viviendo con el mal.
Con el famoso y temido mal. 

Eterno.

Llora la niña, mira como llora. 

¿Por qué llora tanto la niña? ¿Qué le pasa? 

No sé, nadie sabe por qué llora. Dicen que el otro día se encontró con la tristeza y que sintió una pena increíble por ella. Lloraba también, era pequeña y frágil. Tenía la piel azulada y los labios violetas. Estaba sentada al lado del río y la pequeña se preguntó si el agua que corría bajo su figura era fruto de sus lágrimas. 

Se acercó a ella temerosa, no quería molestar su llanto pero, a la vez, sentía la necesidad de consolarla. De repente, la tristeza levantó la cabeza y la miró a los ojos. La pequeña se perdió en sus pupilas, podía ver su alma rota y se hirió profundamente. Se humedecieron sus ojos en menos de un instante al descubrir por qué lloraba la tristeza. Jamás dijo qué vio, pero esa mirada la destruyó para siempre. 

Así creció entre llantos, demacrada y cansada de tanto llorar. Nadie volvió a arrancarle una sonrisa aunque todos lo intentaran. Se hizo vieja y los surcos en su cara habían sido escarbados por sus propias lágrimas. Antes de morir volvió al río en el que de pequeña había visto a la tristeza y, para su sorpresa, ahí seguía, llorando todavía. Volvió a acercarse, esta vez sin miedo, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, la empujó al agua. Se deshizo entonces, el azul de su piel se fundió con el río y fue imposible distinguir cualquier mínimo rastro de ella. Entonces, la anciana se sentó en la roca que antes ocupaba la tristeza, observó su reflejo y se vio los labios violetas. Era pequeña y frágil, lloraba también. Había perdido toda la vida inmersa en la más profunda pena. Hundió su rostro en sus manos azuladas por el frío y, entonces, escuchó un ruido. Levantó la cabeza y miró a los ojos a la pequeña niña que se acercaba curiosa hasta donde estaba ella. En ese instante, la niña también se echó a llorar. 

Nunca nadie acabaría con la tristeza.

domingo, 1 de mayo de 2016

Por dios.

Me encontraba en el renfe. De repente y como muchas otras veces, una mujer empezó a soltar un sermón para pedir dinero. Cuando llegué a Madrid, no podía evitar sorprenderme por la indiferencia de la gente, pero ahora, yo también bajo la mirada. Aún así, escucho. 

Como cientos de personas en España, apenas llegaba a fin de mes. Era madre de cuatro niños y vivía con su "Santa Madre". En cuanto dijo esto, el discurso me empezó a chocar. 

Había sufrido una trombosis, tartamudeaba y su pierna izquierda estaba paralizada. Luego, empezó a hablar de Dios. Pedía, en nombre de Dios que le ofreciéramos algo de dinero o comida. Nos decía, en nombre de Dios, que pasáramos un buen día y disfrutáramos de nuestras cenas. Nos bendecía, en nombre de Dios y le suplicaba por nosotros que no pasáramos su misma situación. Sin quererlo, empecé a sentir rabia. ¿En serio seguía hablando de Dios estando como estaba? Quise levantarme, gritarlo, darle unas monedas y decirle que no era Dios el que se las estaba dando. Justo antes, había escuchado a un hombre gritar por la calle "Donde está Dios no hay sufrimiento. Dios es paz, escuchen la palabra del Señor". Podría haberle llevado a la mujer del renfe y mostrarle la desesperación para preguntarle si Dios también estaba con ella. Pero me quedé sentada, calmé mi enfado y reflexioné. 

¿Qué es Dios?

Como de los maltratadores, todos dicen que es un buen hombre cuando en realidad son pequeños monstruos. Con la pequeña pero gran diferencia de que estos monstruos existen mientras que Dios, ¿realmente existe Dios? 

Dios es el Fulanito del que todos hablan pero que nadie ha visto. El pensamiento de algún soñador. Un amigo imaginario, un sueño o una mentira. Un simple placebo. Para muchos esperanza o compañía. Es una excusa ante el miedo al desconocimiento. El protagonista de un cuento de hadas que ni siquiera tienen alas. Dios es la mejor invención del mundo. Dios es la peor invención del mundo. Del mundo Dios no es más que una invención. 

Es palabras, literatura, pura gramática. Cuatro letras en español o alemán, tres en inglés o en italiano y ocho en rumano. 

Dios es una costumbre o una tradición. Dios es un dibujo con forma de triángulo. La fantasía sexual de alguna monja llamada María. Dios no es paz, sino guerra. Un transformista sin identidad. Es un mimo, un actor o tal vez un camaleón.

Dios no es.
Dios no debería.
Dios no debería ser tan importante así que dejaré de escribirlo con mayúsculas.
Y de esta lista, dios es el personaje principal. 

Para muchos, dios existe y para otros dios no es más que un chiste. Podemos reírlo o ignorarlo. Asumir comedia la tragedia y pensar en lo absurdo que es que lo sigamos culpando o alabando. Y que a día de hoy como hace miles de años, sigamos preguntándonos por su existencia.


Menudo misterio.
Nunca un chisme había dado tanto de qué hablar.

Y es que seguimos sin darnos cuenta de que, en esta historia, nosotros somos Gepetto.

Rojo.

Gandhi dijo:
"Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales".

Entonces, juzguémonos. 

A nosotros, que nos consideramos civilizados y que nos creemos amigos de los animales por comprarle un collar bonito a nuestros perros. Un país en el que cada año se celebran más de 16.000 fiestas populares donde el maltrato animal es el principal reclamo. Aquí, donde matamos a más de 10.000 toros al año por simple entretenimiento y porque, además, nuestra legislación lo ampara. Y es que, la tauromaquia y los espectáculos taurinos son una excepción dentro de las Leyes de Protección Animal. Y entonces, si no fueran toros sino otro tipo de animales, ¿qué pasaría? Si fueran perros o gatos, nos volcaríamos sin dudarlo a tachar de crueles sin corazón a todo aquel que se atreviera a hacerles daño. Pero no lo son, no son mascotas ni animales que ablanden nuestro corazón. Son bestias sometidas a viles asesinatos. Y mientras tanto, algún inteligente decidió llamarlos "arte" o "cultura". ¿Pero qué clase de arte se siembra con cadáveres? ¿Y qué cultura le aplaude al sufrimiento? Porque luego nos escandalizamos de que en China se maten a más de 10.000 perros para un festival. Y los tachamos de salvajes. Y crueles. Y malvados. ¿Y nosotros? Nosotros no, nosotros tenemos arte. Más de 10.000 obras pintadas con sangre. 

Generalizo, generalizo porque me da vergüenza que se permitan cosas tan atroces en este país. No solo por los toros, sino también por los patos en Valencia o los gansos en  Vizcaya. Y no me creo que exista gente que disfrute de estas tradiciones. No puedo creerlo, pero ocurre. Y grabamos esas muertes con nuestros móviles porque, claro, somos una sociedad civilizada. Nos consideramos modernos y aseguramos vivir en un país desarrollado. Y aunque muchos luchen en contra de esta cultura, desde arriba se sigue permitiendo. Y en cuanto por la calle grites a favor de los animales, te tacharán de hippie y perroflauta. 


Volvemos a olvidarnos de Gandhi.
Volvemos a olvidarnos de que somos animales.