Y en mis sueños no hay humo ni disparos; no hay dolor, ni penas, ni llantos. En mis sueños no hay pistolas ni balas que prometen muerte. No hay niños llorando en la oscuridad, no hay hombres gritando asustados, ni madres abrazándose a la pena por un amor que las ha dejado rotas.
En mis sueños grandes y pequeños viven libres, sin miedo a morir, pensar, opinar, vivir…
Viven en un mundo sensato, sin ataduras ni diablos enmascarados de villanos. Porque en mis sueños no hay sitio para el mal, un mal que nos corroe aquí en el país de las pesadillas, donde no hace falta estar dormidos para toparse con un monstruo o ahogarse en un mar lleno de angustia.

Y es que, al fin y al cabo es cierto, la realidad supera a la ficción. Es de este mundo del que debemos tener miedo, un mundo en el que la crueldad se erige sobre la debilidad y el pánico, donde los fuertes solo son fuertes por hacer temblar al resto.
Y así, poco a poco, se construye la sociedad del espanto, en la que unos mueren, otros gritan y otros, sencillamente, miran. Y al final, acabamos irguiéndonos sobre columnas de odio y polvo, sobre las que nos consolamos matando insectos para olvidar que somos los primeros en ser tratados como animales repugnantes. "Qué asco", soltamos antes o después de sentenciarlos como si de esa forma pudiéramos excusarnos, aprendiendo a hacer daño sin sentir remordimiento por dejarnos llevar por un cúmulo de desprecio y temores que carecen de sentido. Y entonces, es cuando el mal triunfa sobre lo bueno y el vacío de nuestras miradas se prende con el fuego del infierno; cuando nuestros fantasmas se manifiestan para aplastar con sus manos frías a los insectos. Criaturas insignificantes, pequeños bichos por los que no sentimos compasión. Animalillos que, como nosotros, también tiemblan de miedo y a los que, si mirásemos a los ojos, podríamos perdonarles la vida. Porque, en ocasiones, no son insectos lo que vemos, sino personas que desaparecen por vendarnos con fobias y rencores. Vendas de triste y espantosa oscuridad que nos aprisiona hasta dejarnos sin aliento, cegándonos y enmudeciéndonos, transformándonos en crueles sombras sin voluntad. Un montón de peones a la deriva que han olvidado por qué luchar: un sueño, un sueño sin humo ni disparos; sin dolor, ni penas, ni llantos. Un sueño en el que, al fin, triunfa la libertad y el miedo es desterrado para siempre a un oscuro, bosque oscuro, en el que nadie jamás nadie volverá a adentrarse.